Libro EL YO Y EL ELLO
de Sigmund Freud

Por Fernando Estevez Griego Ph. D.


La Conciencia y lo Inconsciente
Una de las premisas fundamentales del psicoanálisis planteadas por Freud en este libro es la diferenciación de lo psíquico consciente e inconsciente. Lo innovador, psicológica y filosóficamente hablando, de lo expuesto por Freud en su afirmación (para la época), es que el psicoanálisis no ve en la Conciencia la base o esencia de lo psíquico, sino que por el contrario sostiene que la Conciencia es una cualidad de lo psíquico que puede formar parte o sumarse a otras cualidades o bien incluso puede estar totalmente ausente.
Freud argumenta coherentemente que lo consciente representa la percepción inmediata y segura (de la realidad) pero que la experiencia de todo ser humano demuestra que una percepción cualquiera no es conscientemente permanente o duradera. Con esto demuestra Freud la innegable transitoriedad de la Conciencia. Así, las representaciones conscientes se suceden unas tras otras y esta sustitución hace que se produzcan intervalos temporales en los cuales ignoramos una representación consciente canjeándola por otra. Esto quiere decir que hay representaciones conscientes en un estado latente, las cuales son capaces de conciencia, o se que potencialmente existen en alguna parte. Por consiguiente al estar la-tentes, no son en sí mismas conscientes y pasan a ser psíquicamente inconscientes.
En sus primeros planteos Freud hace equivaler inconsciente latente y capaz de conciencia, como sinónimos. Por otra parte Freud establece su dinámica psíquica, por la cual expone que existen procesos o representaciones anímicas que son en sí grandes vectores energéticos, que sin llegar a ser conscientes generan consecuencias sobre la vida anímica de todo ser humano. Para Freud algunos de estos procesos y representaciones no llegan a ser conscientes, pues a estos se oponen algunas energías. Precisamente la técnica psicoanalítica que él pregona es suprimir esta energía de bloqueo para hacer a la supuesta representación latente, de ese modo consciente.
Lo que particularmente pienso podríamos catalogar como un intento de amplificación de la conciencia. Cuando estas representaciones no afloran hacia la conciencia llamamos técnicamente a las mismas represiones. De esta forma el punto de partida de la escuela freudiana “Psicoanalítica” con respecto a lo Inconsciente es la Teoría de la Represión, que aparece como prototipo de lo inconsciente. Freud establece entonces dos tipos de inconsciente: aquel conocido como inconsciente latente, el cual es capaz de conciencia y lo inconsciente reprimido, incapaz de la misma. Al inconsciente latente, Freud lo denomina Pre-conciente, reservando el nombre de Inconsciente para lo reprimido. Más adelante Freud establece que el Yo es la organización coherente de los procesos psíquicos de un individuo.
El Yo freudiano es concebido como una organización que agrupa la conciencia, las vías de motilidad, las percepciones exteriores, y ejerce censura onírica en los sueños nocturnos. Este Yo no puede según la experiencia de Freud acercarse a lo reprimido, y en consecuencia ofrece una resistencia. Este esquema de las resistencias será de suma utilidad para la escuela analítica. La resistencia es la fuerza que impide al Yo acercarse a la represión. Por consiguiente el Yo tiene algo o se conecta de alguna forma con lo Incons-ciente.
El yo coherente se disociaría de lo reprimido. De esta forma Freud plantea que todo lo Inconsciente es reprimido pero que todo lo reprimido no es inconsciente. La conformación del Yo freudiano establece que las percepciones procedentes del exterior (sensoriales) y aquellas provenientes del interior, que clasifica en sensaciones y sentimientos sean consideradas como conscientes.
Pero más adelante Freud establece, para mí acertadamente, que la relación del Yo con la percepción exterior es evidente y no así la interior. En mi modesta opinión pienso que evidentemente los sentimientos tienen un origen inconsciente, que en ocasiones son reprimidos y que no son conscientes, y que el ser humano es anímicamente guiado por sus sentimientos no abandonando jamás su carácter de ser pasional.
Esto es confirmado en el análisis posterior de Freud, el cual establece con total claridad que el Yo busca sustituir el principio de placer del Ello por el principio de realidad del Yo. Así, dice que la percepción es para el Yo lo que el instinto es para el Ello. El Yo levantaría el estandarte de la razón y la reflexión mientras que el Ello levantaría contrariamente el de las pasiones.
Freud representa al Yo como un jinete que tiene en ocasiones que dejarse llevar por la cabalgadura. Freud plantea además una diferenciación dentro del mismo Yo a la cual denomina Superyo o ideal del yo. Este ideal del Yo o Superyo es el heredero del Complejo de Edipo. De forma tal que el Superyo es el abogado del Ello o mundo interior y en consecuencia se opone al Yo que representa la conexión con el mundo real. Freud dice al respecto que los conflictos entre el Yo y el ideal del Yo (Super-yo), son sólo el reflejo de la antítesis de lo real y lo psíquico, del mundo exterior y del interior.
En mi modesta concepción, y comparando esta extraordinaria visión con la de Asanga, pienso que semánticamente se podría sostener que existe una diferencia entre lo Real y la Realidad, que está representada por el mundo físico o material externo a todo individuo, y la Verdad psíquica que éste capta internamente. Esto me parece evidente cuando analizamos por ejemplo un sueño que existencialmente es verdadero y que psíquicamente ha existido, pero que no fue real, porque careció precisamente de actos materiales. Esta diferenciación que sugiero, me parece esencial para comprender cualquier proceso Mental.
Lo psíquico aquí planteado por Freud hace referencia a lo Mental en cuanto a verdadero pero no siempre real. Dejando este punto de lado es evidente que el planteo freudiano del ideal del Yo (Superyo) sugiere que tanto la religión, como la moral, son el producto de una sustitución de la aspiración hacia el padre, que es el punto matriz del cual han partido todas las religiones. Posteriormente el individuo ejecuta una transferencia a los maestros que ejercen la autoridad estableciendo mandatos y prohibiciones que establecen una censura moral.
En este libro sobre los escritos de Freud se aprecia otro concepto interesante y profundo que es la teoría de que existen dos clases de instintos: el instinto sexual o el Eros al cual está opuesto biológicamente el instinto de muerte. Mientras el instinto sexual trata de proliferar lo animado, el instinto de muerte, por el contrario, tiene como misión transformar lo animado en inanimado. La vida entonces es una guerra, un combate entre ambas tendencias. Fisiológicamente y en relación con estos instintos es evidente que los mismos estarían subordinados a los procesos de creación y destrucción.
Esto es confirmado posteriormente por la ambivalencia planteada por Freud respecto a que los instintos sexuales y de muerte pueden ser sustituidos por la polarización del amor y el odio, de esta forma el instinto de muerte estaría representado por el instinto de destrucción que según Freud encuentra en el odio su camino. Pero es evidente que el amor y el odio son compañeros de ruta cuando el punto de referencia es el principio de placer. Toda persona puede odiar al objeto amado que potencialmente alberga ese principio y que materialmente impide el mismo agrediendo de esta forma nuestro Ello, que ve insatisfechos sus instintos.
En mi opinión, concibo el Amor y el Odio como fuerzas que establecen un magnetismo sentimental hacia un individuo u objeto, en ambos casos el magnetismo es real, siendo en un caso positivo y en otro negativo, respecto a sus cargas afec-tivas y en relación misma al instinto sexual o al principio del placer.

El Hormigatrón, Oleo 1996
Contrë Miro, Holografia Catalunya, España 1997