Obra de Teatro

MAITREYA
De Fernando Estévez Griego

ACTO 9

Avatar Dharma Char ...

 

Cuando habitaba en
Sukavasti, en el cielo de Tushita con sus
tres lunas, mi madre Tara la
Verde , guía del lucero, me
acompañaba a visitar en el
lago de las flores del loto a
mi hermano Minanata el
Buda Delfín -el Gran Yogui
“Delfos”- Matsyendra.
Minanata jugaba conmigo y
me contaba las enseñanzas
que Shiva daba a Shakti,
cuando le transmitió los
tantras del yoga. Un día mi
hermano escribió en la
arena, para mí, un dulce poema:
“Maitreya, conócete a ti mismo”.
 
Cuando encarnamos en la Madre Tierra -Kamaloka- los boddhisattvas y los devas nos olvidamos del lugar del cual provenimos. También nos suele ocurrir que, muy a pesar nuestro y del origen de nuestra esencia, somos ahora humanos. La pasión nos llena de emociones, nos invaden los sentimientos y nuestros sentidos terminan creyendo en la muerte de nuestro ser, y ¿qué avatar no ha temido al dolor, por su vida y por su amor? Aunque nos pese, nos cuesta dejar la función de esta holografía llamada vida, que es el teatro de Dios, porque la naturaleza toda es los pensamientos que desde Él transitan el cosmos.
 
La vida es en su esencia, en todo el sentido de la palabra, es absurda; porque la razón no roza la existencia: solo la busca y la investiga, la razón justifica a su antojo nuestras pasiones y nos descubre que hasta ahora todos nos habíamos olvidado de que también nosotros al fin de cuentas somos “simples humanos”. Los humanos somos devas mortales y quien esto entienda se convierte en Buda. Señor Buda, despierte. Dios y la Verdad están dentro de usted y son su eterno maestro. Los devas son humanos inmortales que saben que en el juego de la existencia, la vida es una fiesta maravillosa que no deben perderse por causa alguna. Aquí ante nosotros está todo lo posible: nunca alcanzarán los días para experimentarlo. A pesar nuestro, aunque triunfemos en la entrega -Tantra- y aun aunque fracasemos en nuestro dharma todo nos volverá al Uno, como Eterna Madre. Nos cuesta, y a mí más que a todos, entender por qué la pasión nos invade tomando parte por uno de los dos bandos, que siempre se presentan en las escenas de la vida. Pero me resultaría eternamente monótono hacerle culto a la rutina y vivir sin opuestos. Los hombres torpes y los devas trasnochados -amén de aguafiestas- piensan que tal vez en el mundo se pueda o se deba vivir sin deseos. Esculpen una moral de cartón y de plástico que me parece no solo de mal gusto sino de mal gobierno: ¿Qué sentido tendría desear no desear como deseo, sino sólo eludir el dolor e intentar esquivarlo por nuestra cobardía? Pero el dolor es hijo del deseo y el placer es su risueño hermano, que no merece vivir en el exilio, en el país del olvido, sino más bien tener un lugar en nuestra mesa. Creo que llega el día en que los avatares seamos menos solemnes, más simples y locos; que los budas nos convirtamos en callejeros, que el mundo sea un gran templo donde se respete la vida y donde los delfines sean considerados humanos con los mismos derechos. El Boddhisattva Minanata se encarnó en uno de ellos; sin embargo, los hombres están a punto de exterminarlos, sin sospechar siquiera que provienen de éstos, arguyendo entre dientes, sin sentido un pasado que nos hace descender de los monos. El brindis de la flor de Loto por Dipankara y Sakiamuni es por usted, deva mortal, que me está leyendo y que no necesita religarse a lo que está ligado desde siempre.  

ENTREACTO 9 

LIBRE

El Hormigatrón, Oleo 1996
Contrë Miro, Holografia Catalunya, España 1997